Para comprender la importancia que tienen los árboles en nuestras vidas y en nuestro proceso espiritual, les dejamos un extracto de la autora Tiziana Mattera, a través de su libro "Las Cartas de las Dríades. Los espíritus de los árboles sanadores". Vale la pena leer cada palabra de esta autora que, desde pequeña, cultivó un vínculo sagrado con la Madre Tierra.

 

Guardianes verticales 

"Árboles... Pienso en las forestas, extensiones enteras de guardianes verticales de cabelleras que se expanden hacia el cielo... Vuelvo a sentir con la memoria el perfume intenso y salvaje del bosque bajo que sube en espirales hasta mi nariz, así como el cálido y sutil de los troncos de los árboles. Oigo con el corazón el sonido de las ramas agitadas apenas por la brisa y el murmullo de las hojas en las cimas bañadas por los rayos de sol. Bosques y forestas cruzados por nuestros pasos pautados, tranquilos... mientras los pensamientos se apaciguan y dejan paso al silencio. El silencio que confía en la Belleza y en el sabor dulce y misterioso de la Vida; que la encuentra y vuelve a acogerla en el corazón. El silencio que es paz del alma y en el cual se revelan otras Presencias... Todo alrededor se vuelve vivo y las siluetas de los árboles parecen animarse con sus personalidades, cada una con sus características.
Linos parecen erguirse en pensamientos solitarios, apartados, en su soledad, aunque formen parte de un grupo, otros casi parecen querer salir de sus raíces y venir a tu encuentro para charlar.

Algunos se ven ensimismados, perdidos en reflexiones profundas, como una oración. Árboles jóvenes, acabados de nacer, con hojas de un verde tierno y brillante, bajo la mirada de sus guardianes más viejos, son suaves y delicados como niños que se asoman curiosos a la vida... Los rayos del sol tiñen el suelo de círculos de oro, con juegos de luces y sombras... Y muy pronto, paseando entre ellos, nos sentimos acogidos por una hermandad de amigos deseosos de compartir contigo, que sabes reconocerlos más allá de sus apariencias, su alegría de Vivir... Presencias de Vida, manifestaciones del mismo Amor que late en ti...

El pueblo verde que acompaña los pasos del hombre desde tiempos sin memoria, que respira para su respirar, que escucha e inspira sus sentimientos, que calma sus angustias... Y el silencio en el bosque es la nota básica, profunda e imperturbable, entre los sonidos impalpables, entre los mil leves murmullos que sólo el oído del corazón puede escuchar y traducir en palabras... Los árboles están... hablando.

Antaño bosques y selvas se extendían por doquier en gran parte de la Tierra. Los árboles tenían la misión de ser sus guardianes, testimonios vigilantes de una Armonía Celestial que debía comunicarse al corazón de las demás criaturas que ya no sabían reconocerla. Siempre ha habido algo «especial» y misterioso que el hombre ha advertido en los árboles. El árbol a menudo ha sido puesto en el centro de una simbología que le otorga un carácter sagrado. Es un árbol que acoge al Buda en el momento de su Iluminación suprema. Tiene forma de árbol el símbolo cósmico de la eterna creación y regeneración de la Vida en muchas culturas del pasado, tanto orientales como occidentales, desde Egipto a Mesopotamia, desde Grecia a la India, a las Américas, a África, a China, a Europa, a los archipiélagos oceánicos."

Nueva conciencia

"La Naturaleza entera está aquí para ayudarnos a despertar nuestro «recuerdo supremo», es decir, quiénes somos en realidad y por qué estamos aquí. Cuando las corrientes estabilizadoras que ella vehicula vuelven a traer a nuestra alma paz y bienestar y la mente sometida a sus frecuencias vuelve a encontrar su estado natural, la Belleza y la Armonía que la Naturaleza transmite pueden emocionarnos, inspirándonos sentimientos elevados, porque son un reflejo Divino en el cual también nuestra alma se refleja, estimulando, a través de la «in-comprensible» sensación de nostalgia que hace surgir en nosotros la necesidad de buscar ese «algo» profundamente amado y perdido.

A lo largo de los últimos siglos nos hemos demostrado a nosotros mismos que somos capaces de satisfacer nuestras necesidades materiales, para asegurarnos lo que llamamos progreso. Sin embargo, para hacerlo hemos alterado cada vez más el equilibrio natural de nuestro planeta, ya que nuestra búsqueda ha tomado el único camino en el que queríamos ver la vida.
Hemos rechazado justamente una «espiritualidad» que durante siglos no nos dio la verdad, ni mucho menos la felicidad que nos prometía, así que hemos intentado procurárnoslas con la ayuda de nuestras ingeniosas capacidades mentales: ciencia y religión se han separado, dividiéndonos entre «espíritu» y «materia». Ahora que, en cierta manera, empezamos a estar «hartos» de toda esta «materia» que nos hemos concedido, se despierta en nosotros una nueva conciencia, que nos sugiere que lo que andamos buscando se encuentra más bien en el camino donde espíritu y materia se funden en una única «sustancia». En este tiempo está naciendo una nueva espiritualidad más sincera, porque estamos aprendiendo a reconocer paso a paso que nuestra conquistada individualidad es parte de un conjunto. (...)

La Naturaleza influye en nuestra Naturaleza interior y cuando la destruimos y la modificamos, cuando nos alejamos indiferentes de su alma, nos estamos privando a nosotros mismos del necesario y beneficioso Alimento de nuestra alma... Los Árboles viven profundamente inmersos en el Alma del Mundo y cuando manifestamos un gran aprecio por ellos y por la Naturaleza, ellos establecen de inmediato un contacto con nosotros, y el reino dévico, el aspecto espiritual de la Naturaleza, se acerca suavemente, de modo que nuestra alma pueda penetrar en el aura del Alma del Mundo conectando con Ella de forma más consciente."


El lenguaje de los árboles
"Antaño las forestas representaban para el hombre el templo exterior donde celebrar el Manantial interior que alimenta la Vida de todas las cosas, las columnas arbóreas parecían rozar el cielo y aguantar su bóveda, mientras que abajo, en el recogimiento de los claros, los hombres celebraban y oficiaban rituales y sacrificios a la divinidad.

Los árboles, primeros habitantes de nuestro planeta, siempre estuvieron con nosotros, compañeros y aliados en nuestra aventura humana. El mundo vegetal posee una sensibilidad que para unos sigue siendo ajena, convencidos, idea muy humana, de que es vivo y sensible sólo lo que se mueve y se expresa con un lenguaje. Acostumbrados como estamos a comunicar con los gestos y la voz nuestras emociones y nuestros pensamientos, la voz de los árboles no nos llega con facilidad. Y, sin embargo, cada uno de ellos no sólo tiene un lenguaje, sino que incluso ha llegado a desarrollar un carácter, cierta «personalidad», que responde con olas de sentimientos a nuestras emanaciones de energía emotiva. Sabemos que los animales saben reconocer nuestras emociones y la cualidad de nuestras vibraciones y no se dejan engañar por nuestros comportamientos externos.
Los árboles tienen la misma capacidad y reaccionan a lo que somos según relaciones que nosotros definiríamos de simpatía o de antipatía. Cuando detectan nuestras vibraciones negativas, sobre todo hacia ellos, se protegen emanando, a su alrededor y del lugar donde moran, un aura que sentimos extraña y poco acogedora. También por esta razón a ciertas personas los bosques les parecen lugares siniestros y misteriosos. Por el contrario, cuando nuestras vibraciones son más ligeras, abiertas, amistosas, los árboles nos reciben con los mismos sentimientos. El hecho de que en general los humanos no logren entender la sensibilidad de las plantas no debería ser un motivo para negarla. En particular, cuando entramos en el aura de un gran árbol animados por buenas vibraciones y expresando sentimientos amorosos, éste no sólo nos acoge y responde, sino que al mismo tiempo transmite la armonía y el amor que emanan de nosotros a todos los árboles, no sólo los cercanos, sino de todo el planeta. Un árbol con el que hayáis establecido un contacto amistoso envía vuestra amistad a todos sus verdes hermanos y si pudierais ir, en tiempo real, a un bosque al otro lado del mundo, aquellos árboles os reconocerían. Puede parecer una exageración y sin embargo es así para los árboles y todas las demás especies vivientes.

Comunicamos a través de campos de energía que nos conectan unos con otros. Según la conciencia que hemos desarrollado nuestro campo se extiende hasta abarcar la vibración de conciencia de otras especies, de otras realidades, de «nuevas» verdades. Conocéis, por supuesto, la historia de Francisco de Asís, que se comunicaba con los animales y la naturaleza. Puede que el suyo sea el ejemplo más famoso, sin embargo son muchas más las almas humanas que hicieron y hacen lo mismo, y ello nos debería sugerir que el ser humano guarda en sí mismo esta cualidad.

He podido comprobar lo que estoy explicando no sólo a través de un contacto sensible, sino también con la ayuda de un aparato totalmente tangible y científico, de una forma que todo el mundo, sin distinciones, puede comprobar. Se trata de un aparato que, conectado mediante un sensor a una hoja o a una rama, graba su «voz», transmitiendo sus emociones y sentimientos bajo forma de sonidos. Pues bien, sí, los árboles cantan... un canto maravilloso, que sube de intensidad y armonía cuando el árbol es abrazado, acariciado, loado por su belleza y se le agradece su amor. Si hace un tiempo se me podía considerar «al límite de la razón humana» cuando compartía la alegría de su canto, que percibía a través de cierta sensibilidad que poseo, hoy gracias a la ciencia esta encantadora escucha es posible para cualquiera que lo desee. Naturalmente, esta sutil sensibilidad de los árboles es propia de todo el reino vegetal. Sensibilidad, memoria y, por ende, una inteligencia que ya la mayoría admite, han sido atribuidas a los árboles por los estudios realizados a principios del siglo XX por el investigador indiano J.C. Bose. Muchos conocen la respuesta que reciben del amor que abocan en las plantas en sus pisos o jardines. (...)"

 

La sensibilidad de los árboles
"Cuando nos detenemos ante un gran árbol que tiene cientos, tal vez miles de años, podemos imaginar la cantidad de historias que ha escuchado o visto transcurrir alrededor de sus raíces, de memoria almacenada y sabiduría adquirida, al tiempo que los eventos del mundo se producían y cambiaban sin cesar mientras él, testigo silencioso, crecía. La vitalidad y voluntad de germinación de los árboles es extraordinaria: incluso cuando se podan o rompen por la acción de fuerzas naturales, nuevos brotes nacen formando nuevos «brazos»... ¡No se rinden con facilidad! Y un árbol que muere por causas naturales produce, sin duda, una impresión distinta de los que los hombres talan con fines a menudo insensatos. ¿Habéis visto nunca talar un árbol? ¿Oído el estruendo sordo y aterrador de su derrumbe? Para mí es algo muy doloroso... Y también me resulta doloroso encontrar árboles marcados por las incisiones «románticas» de individuos insensibles e ignorantes. Ciertas personas no saben la suerte que tienen de que los árboles no se muevan tan rápidos como sus motosierras y navajitas. Los hay que se alegran de la presencia de los árboles pero no se relacionan con ellos con la debida sensibilidad.
He visto, por ejemplo, cómo trasplantaban un viejo y florecido cerezo a otro punto de un jardín, en el lugar donde antes había un gran abeto. El cerezo se encontraba a gusto en su sitio y no estaba nada dispuesto a dejarse trasladar. ¿Qué diríamos si alguien quisiera hacer lo mismo con nosotros sin justificar su actuación? Y bien, al cabo de unos días el principio vital del cerezo empezó a menguar y después de un mes se había agotado sin remedio.

La misma sensibilidad psíquica que vale para nosotros también vale para los árboles: no sólo habían desplazado el cerezo sin pedirle si es-taba conforme, sino que el lugar en el que había muerto el abeto no había sido «saneado», no se habían respetado el tiempo que necesita la memoria genética para transformarse y, por tanto, ningún otro vegetal podría extraer principios vitales de aquel lugar. No debería parecernos tan absurdo hablar con las plantas si las consideramos seres vivos y sensibles. Cuando resulte necesario talar un árbol, o bien podarlo o trasplantarlo, deberíamos comunicarle nuestras intenciones y los motivos de nuestra decisión, con el mismo amor con el que hablaríamos en circunstancias que acarrean consecuencias dolorosas para nosotros. Y luego deberíamos agradecerle el don que nos hace de sí mismo y su comprensión. ¿Por qué no ofrecerle algo a cambio? Tal vez podríamos plantar un árbol en cierto lugar. Un árbol tarda mucho tiempo en crecer y cuando lo cortamos tenemos que reflexionar sobre lo que estamos haciendo. Parte de nuestro legado, la complejidad de un pasado, resulta derruido y borrado cada vez que se arranca un gran árbol. Se quiebra un equilibrio, algo de nuestro aire se «densifica», algo de nuestra memoria se pierde en el vacío que antes él ocupaba."

Árboles Sanadores
"Cuando tenemos el placer de encontrarnos con un gran árbol nos impacta la vibración intensa que despide. Nos acercamos despacio, con un sentimiento de respeto espontáneo, a su cuerpo poderoso. Algunos de estos grandes árboles se han convertido en verdaderos Guardianes, Maestros de Sabiduría del Reino vegetal. Muchos de ellos son sanadores. Tal vez alguien entre vosotros haya tenido esta experiencia y sabrá, por tanto, que no se trata de una afirmación descabellada. Los árboles, en general, disponen de este poder, no obstante algunos de ellos, los más viejos, son unos terapeutas naturales.

Cuando estamos en desarmonía, cuando nuestra energía vital se escapa por las grietas creadas por nuestras emociones perturbadas, los Árboles Sanadores pueden reequilibrarnos y hacer desaparecer nuestros malestares. El aura beneficiosa de un gran árbol se extiende alrededor del mismo, a veces en decenas de metros. A menudo el diámetro de su copa delimita la vibración de mayor intensidad de su aura. Podemos sentarnos apoyando la espalda en su tronco pidiéndole amorosamente que restablezca nuestra armonía, confiándonos a su cuidado. Al poco tiempo sentiremos cómo nos recorre una corriente vital poderosa, clara y sanadora, con la que podemos mantener la conexión incluso a gran distancia.

Esta faceta de los árboles nos puede ayudar a comprender una vez más la cantidad de Amor del que cada criatura dispone, a entender hasta qué punto es maravilloso el amor. Amar y ser amados... Los árboles son amigos del hombre. Árboles para producir oxígeno, para nuestro alimento, para nuestro fuego. Arboles que frenan aluviones y corrimientos de tierra, árboles para la protección de pequeñas criaturas. Árboles para la Belleza de nuestra Tierra. Árboles que ofrecen un bálsamo de armonía serena a nuestra alma."

Los Devas y las Dríades: energías luminosas
"Al igual que cualquier otro ser vivo, también los árboles tienen sus Ángeles: los devas que viven en su lado sutil. Podría decirse que Ellos representan la conciencia Divina de la planta, el Espíritu del árbol, que en cuanto espíritu no está separado de él ni tampoco está separado del Espíritu de los demás seres. Sólo pueden variar los estadios evolutivos de la conciencia de las formas de Vida, sin embargo, el Espíritu en cada una es el mismo Uno que se manifiesta en múltiples manifestaciones. (...)

El Amor se aprende, o mejor dicho, se recuerda, ejerciéndolo... Todo el mundo conoce de alguna forma el Amor y todo el mundo lo desea. Para que el bienestar que confiere pueda volverse permanente puede ser útil rememorar con frecuencia una experiencia interior de Amor, que se haya sentido en algún momento a lo largo de la vida. Y lo que facilita su recuerdo es descubrir la Belleza y dejar que nos invada.

La Naturaleza desempeña esta misión: mostrarnos la Belleza para que participemos de ella, de modo que, al contemplarla y recibirla, nos abramos con espontaneidad y la correspondamos con el sentimiento que «brota» de nuestro corazón, descubriéndonos así nuestra propia capacidad de amar. La Energías luminosas que llamamos Devas de la Naturaleza lo agradecen felices y vienen solícitas a nuestro encuentro para ayudarnos a expandirnos un poco más. Lo hacen de forma sutil, a menudo discreta, para no asustar a quienes no estén aún preparados para advertir su Presencia, a pesar de no dispensar privilegios, no hay «elegidos» que merezcan su amistad en exclusiva: actúan con total amor hacia quien esté dispuesto al menos a recibir la Vibración que impregna la Belleza... porque la Belleza es un puente entre la distracción y la atención necesaria para reconocer la Verdad del Amor.

El Espíritu, el Deva de los grandes árboles, se manifiesta como principio femenino, asumiendo en ocasiones un aspecto en todo parecido
al humano. (...) Nosotros las conocemos con el nombre de Dríades: las antiguas divinidades de los bosques. Este término, que en general designa a todas las entidades dévicas de los árboles, antaño se refería en particular a las de las encinas, que en Grecia se llamaban Drys, nombre del que deriva Dríades, las ninfas que vivían en ellas.

No hay nada pagano en volver a acercarnos a esta visión, puesto que todo es Espíritu, incluida la materia, y así devolvemos el lugar que le corresponde al sentido de lo sagrado. (...)"

 

Tiziana Mattera
Las Cartas de las Dríades

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar